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Nunca habían existido tantas reservas naturales y parques nacionales dedicados a conservar la naturaleza. Nunca, tampoco, estos territorios habían estado tan amenazados por el desarrollo humano. Esta contradicción es uno de los principales hallazgos de una nueva investigación que comprobó que el 32.8 por ciento de las áreas terrestres protegidas a nivel mundial ––equivalente a dos tercios del tamaño de China–– ha sufrido daños muy severos relacionados con actividades humanas.
 
“Uno de los pilares de las áreas protegidas es conservar la naturaleza”, dice Pablo Negret, uno de los autores del estudio publicado en la revista Science y biólogo de la conservación en la Universidad de Queensland, Australia. “¿Entonces cómo es que dentro de ellas encontramos que hay intervención [humana]? Eso no debería pasar”, afirma.

Deberíamos enfocarnos menos en la meta de [conservar] 17% del planeta y más en hacerlo de manera eficaz y equitativa si queremos ver resultados”.

Jonas Geldmann, Universidad de Cambridge en Reino Unido.

                               
En octubre de 2010, durante la décima Conferencia de las Partes del Convenio de Diversidad Biológica en Japón, cientos de naciones se comprometieron a mejorar el cuidado de la biodiversidad con 20 metas. Una de ellas estableció que para 2020 al menos 17 por ciento de los ecosistemas terrestres y aguas continentales deberían conservarse.
 
Aunque el número y tamaño de áreas protegidas sí ha aumentado de manera importante durante las últimas décadas, el análisis de Negret y sus colaboradores demuestra que no es suficiente cubrir el planeta de reservas y parques si no son bien administrados. Sus resultados sugieren que las zonas dedicadas a proteger la biodiversidad han sido modificadas de diversas formas por los seres humanos, principalmente por la urbanización y expansión agrícola.
 
Los autores utilizaron un modelo que ubica la distribución de distintas presiones antropogénicas (como la construcción de caminos, la agricultura extensiva,  la densidad poblacional, el alumbrado o los pastizales) en un mapa global para detectar la presencia de actividad humana en casi 50 mil áreas protegidas.

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Crédito: The University of Queensland, University of Northern British Columbia, GFS.

Si bien encontraron que todavía existe un pequeño porcentaje de territorio libre de alteraciones, concentrado en partes remotas de países como Rusia y Canadá, la enorme mayoría ha sido intervenido de alguna forma.
 
Las regiones más afectadas, según el estudio, se encuentran en Asia, África y Europa. Pero Negret advierte que también observaron daños importantes en las áreas protegidas de Sudamérica, principalmente en Uruguay, Argentina y Colombia.
 
En Uruguay, el caso más alarmante, la Dirección Nacional de Medio Ambiente ha admitido que las áreas protegidas del país, que representan un 7 por ciento del territorio, “no son efectivas para la conservación de su biodiversidad” debido a su pequeño tamaño, escaso financiamiento y problemas administrativos y de manejo. En 2012, el último año para el que existe un informe de evaluación, de 15 áreas protegidas examinadas en Uruguay, sólo dos fueron consideradas bien manejadas.
 
El análisis también arrojó resultados positivos: las áreas más grandes y de difícil acceso, como las que se encuentran en la cuenca amazónica, por ejemplo, demostraron ser más resistentes contra las presiones humanas.
 
Pero eso no quiere decir que estén completamente a salvo. Los investigadores no pudieron incluir en su modelo otros factores difíciles de detectar a nivel global que también modifican y afectan a las reservas, parques y paisajes protegidos de la Amazonía, incluidos el cambio climático, la minería ilegal, la extracción petrolera, la caza furtiva o los cultivos ilícitos. Para muchos de ellos ni siquiera existen estimaciones detalladas que permitan calcular su impacto. Aunque el estudio da una visión pesimista, también defiende que las áreas protegidas todavía son una de las mejores herramientas que tenemos para conservar la biodiversidad y la naturaleza.

“Eso no está en debate, dice Jonas Geldmann, biólogo de la conservación de la Universidad de Cambridge en Reino Unido, que no participó en la investigación. “Sabemos que a las áreas protegidas les va mejor que a las que no están protegidas”. Pero trazar una simple frontera que resguarde a los ecosistemas sin verdaderamente implementar su protección es, a ojos de Negret, “un falso logro”.
 
“La lección más importante aquí es evitar los parques de papel”, añade Geldmann. “Deberíamos enfocarnos menos en la meta de [conservar] 17 por ciento del planeta y más en hacerlo de manera eficaz y equitativa si queremos ver resultados”.
 
> Enlace al artículo en Science